Todo en el reloj de la inocencia
Me acaba de ocurrir algo tremendo. Una pequeñez, sin duda, pero tenía que comentarla.
Resulta que hace unos días me pelé. Es decir, me pelaron. Me peló un barbero, como es de suponer.
Y un par de días después, de visita en casa de mi hermano, me vio mi sobrina, que tiene sólo cuatro años recién cumplidos, y me dijo
- Tío, que lindo! Te pelaron!
Así no más, de corazón, sin que nadie se lo hiciera notar si quiera.
Y ustedes dirían, bueno, ¿qué tiene esto de extraordinario? salvo que este que escribe el blog resulta que le gusta que lo adulen y le digan lindo. Bueno, me gusta ¿a quién no?. Pero no, no es eso. Es que me llama la atención que todos de adultos decimos
- Ayer me pelé.
- Eh, ¿te pelaste? ¡Que bien!
Y no reparamos en que si nos peláramos nosotros mismo quedaríamos horrorosos. La lógica indica que nos pelaron, no que nos pelamos, pero seguimos insistiendo en usar el lenguaje a nuestro antojo.
Y esta niña, que recién comenzó a aprender a hablar, utiliza la lógica sin influencias preconcebidas por el hábito. Y esa misma lógica que la lleva a decir [in]correctamente “no cabió” en vez de “no cupo”, es la lógica que la lleva a decir correctamente “te pelaron” en vez de “te pelaste”.
Es una lástima que cuando crezca adquiera esos mismos y otros peores y menos inofensivos hábitos que hoy destruyen nuestro idioma (reguetón mediante).
Y yo me apresto a disfrutarla, pues los niños, esos ángeles pequeños, nunca dejan de sorprenderme. Como diría Buena Fe
Sólo se que en esta vida todos
Todos nacimos ángeles
Nada en el reloj de culpabilidad
Todo en el reloj de la inocencia